LAS EMOCIONES
Las líneas
troncales de los circuitos que controlan las emociones son configuradas antes del nacimiento.
Luego, los padres toman el relevo. Quizás la influencia más fuerte es lo que el
psiquiatra Daniel Stern llama armonización, es decir, cuando las
personas a cargo del pequeño "sirven de espejo a los sentimientos internos
del niño". Si el grito de emoción que lanza un bebé al ver un cachorro
encuentra como respuesta una sonrisa y un abrazo, si su emoción cuando ve pasar
un avión encuentra una emoción equivalente, los circuitos correspondientes a
estas emociones se refuerzan. Parece ser que el cerebro utiliza los mismos
caminos para generar una emoción que para responder a alguna. De manera que si
una emoción se ve correspondida, se reforzarán las señales eléctricas y
químicas que la produjeron. Pero, si las emociones encuentran repetidamente la
indiferencia o una respuesta contraria -el bebé se siente orgulloso de haber
construido un rascacielos con las mejores ollas de mamá, pero mamá se disgusta
terriblemente- esos circuitos se confunden y no se fortalecen. La clave aquí es
que "repetidamente": un solo arrebato o gesto de indiferencia no
afectará a un niño de por vida. Lo que importa es el patrón, y éste puede ser
muy poderoso: en uno de los estudios de Stern, un bebé cuya madre nunca
equiparaba sus niveles de emoción se convirtió en una persona extremadamente
pasiva, incapaz de sentir emoción o alegría. La experiencia también puede
alambrar el circuito "calmante" del cerebro, como describe Daniel Goleman
en su exitoso libro Inteligencia Emocional. Un padre tranquiliza
suavemente a su bebé sollozante, otro lo deposita en la cuna: una madre abraza
a su pequeño hijo cuando éste se raspa la rodilla, otra grita "¡es tu
culpa, tonto!" Las primeras respuestas guardan armonía con el sentimiento
de angustia del niño: las otras están totalmente desincronizadas desde el punto
de vista emocional. Entre los 10 y 18 meses, hay un grupo de células en la
corteza pre-frontal racional en proceso de conectarse con las regiones que
regulan las emociones. El circuito parece convertirse en un interruptor de
control, capaz de calmar la agitación, infundiendo razón a la emoción. Quizás
cuando los padres tranquilizan al niño se está entrenando este circuito,
mediante el fortalecimiento de las
conexiones neurales que lo componen, de modo que el niño aprende cómo calmarse
por sí solo. Todo esto sucede en una etapa tan temprana que los efectos de la
crianza pueden considerarse equivocadamente como algo innato. El estrés y las
amenazas constantes también reconfiguran los circuitos de la emoción. Estos
circuitos tienen su centro en la amígdala, una pequeña estructura en forma de
almendra profundamente incrustada en el cerebro cuyo trabajo consiste en
sortear las imágenes y sonidos entrantes en busca de contenido emocional. Según
un diagrama de circuitos realizado por Joseph LeDoux, de la Universidad de New
York, los impulsos del ojo y el oído llegan a la amígdala antes de alcanzar la
neocorteza racional pensante. Si ha existido una imagen, sonido o experiencia
dolorosa en el pasado -la llegada del papá ebrio a casa seguida de una paliza-
la amígdala inunda los circuitos de neuroquímicos antes de que el cerebro
superior sepa lo que está sucediendo. Cuando más se utilice este camino, más
fácil es de estimular: el sólo recuerdo del padre puede inducir temor. Como los
circuitos pueden permanecer excitados durante días enteros, el cerebro sigue en
estado máximo de alerta. En este estado, dice el neurocientífico Bruce Perry,
del Baylor College of Medicine, más circuitos detectan pistas no verbales
-expresiones faciales, ruidos furiosos- que advierten acerca de un peligro
inminente. Como resultado, la corteza se rezaga en desarrollo y le cuesta
trabajo asimilar información compleja, como sería una lengua.
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